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Principio ético: la responsabilidad

 

¿Qué es la responsabilidad?

1. Responsabilidad es la facultad que tienen las personas para tomar decisiones conscientemente y aceptar las consecuencias de sus actos, dispuestos a rendir cuenta de ellos.

2. Responsabilidad es la virtud o disposición habitual de asumir las consecuencias de las propias decisiones, respondiendo de ellas ante alguien.

 

Como observamos en ambas definiciones aparecen dos conceptos idénticos, el de asumir las consecuencias derivadas de las decisiones o actos que se toman y el de responder de de dichas decisiones ante alguien. Estos dos conceptos nos llevan a la conclusión de que para que exista responsabilidad es necesario que dichas acciones se realicen libremente, sin ningún tipo de coacción, en este sentido, podemos afirmar que ni los animales, ni los locos, ni los niños pequeños son responsables de sus actos puesto que carecen de uso de razón y éste es imprescindible para la libertad. Además de realizarse libremente, es preciso que exista una norma desde la que se puedan juzgar los hechos realizados, ya que la responsabilidad implica rendir cuentas de los propios actos ante alguien que ha regulado un comportamiento.

 

Pero ¿Quién es ese alguien ante el que hay que rendir cuentas? Pueden ser diferentes personas o instituciones, en función del tipo de responsabilidad de la que estemos hablando, así por ejemplo, si hablamos de juicio de conciencia, el hombre deberá de responder ante sí mismo y otros hombres, si se trata de responsabilidad jurídica, el hombre deberá responder ante las leyes civiles, si se trata de responsabilidad social, la persona deberá responder ante la sociedad, etc.

 

Decimos que la responsabilidad es un valor porque gracias a ella las personas podemos convivir pacíficamente en diversas instituciones como la familia y la sociedad.

Al hablar del concepto de responsabilidad es imprescindible mencionar al sociólogo Max Weber, ya que en 1919 enunció la conocida distinción entre la “Ética de la responsabilidad” y la “Ética de la convicción”. Ambas éticas son normas de conducta bajo las cuales los hombres pueden actuar en sociedad, pero en opinión de Weber existe una diferencia abismal en el obrar según una y otra .

Así, el obrar según la máxima de una ética de la convicción responde a comportarse conforme lo que ordena una religión, por ejemplo, el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios, mientras que si se obra según la ética de la responsabilidad, se tienen en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción.

 

De la explicación anterior se deduce que en la ética de la convicción, la persona no se hace responsable del resultado de sus obras, mientras que bajo la ética de la responsabilidad sí es necesario tener en cuenta por parte de las personas las consecuencias derivadas de sus acciones.

En opinión de Weber la ética de la responsabilidad tiene mucho que ver con el llamado utilitarismo, ya que explica que cuando se realizan cosas útiles se tiene éxito, ya sea de cara a uno mismo o para los demás. Para el utilitarismo el núcleo de enjuiciamiento de las acciones humanas son los resultados o las consecuencias que éstas produzcan.

El precursor del utilitarismo moderno es el filósofo inglés Jeremías Bentham, quien en 1780 escribió el libro “Introducción a los principios morales y la legislación” en el que afirmaba :

 

Todo acto humano, norma o institución ha de estar regido por un principio tan antiguo como el mundo, pero no claramente descifrable, como es el grado de satisfacción o utilidad que generan en uno mismo y/o en los demás, es decir el dolor o placer que producen en las personas”.

 

Con esta afirmación de Bentham se originó un análisis novedoso para las cuestiones políticas, sociales y económicas que se sustentaba en medir el grado de utilidad y satisfacción de cada una de las decisiones que se toman o de las acciones que se llevan a cabo. Al mismo tiempo elaboró un concepto nuevo de ética centrado en el goce de la vida y no en el sufrimiento y el sacrificio.

Bentham utilizó para la elaboración de la teoría del utilitarismo una nueva herramienta que con el tiempo se convirtió en un concepto clave para la mayoría de los economistas y que aún hoy en día se estudia en las universidades, la llamada “Función de utilidad”, que daría lugar a la conocida “Teoría del valor”. Esta teoría nos viene a decir que a medida que se consumen unidades adicionales de un mismo bien, el grado de placer o satisfacción que produce la última unidad de bien consumida es cada vez menor, pudiendo hasta disminuir con respecto a anteriores unidades consumidas.

Aunque parezca que esta teoría sólo tiene repercusiones económicas y no sea objeto de nuestro estudio, en realidad sí tiene una aplicación práctica para nuestro trabajo ya que nos viene a explicar también que la felicidad es cuantificable por cuanto lo bueno es lo útil, lo que aumenta el placer y disminuye el dolor. En opinión de Bentham los placeres eran medibles y se podían considerar siete criterios para su medición: intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y extensión. Teniendo en cuenta estos criterios de medición para evaluar los placeres y procurar la felicidad de la mayor parte posible de la sociedad, era posible evaluar científicamente si las acciones llevadas a cabo por los dirigentes de una sociedad eran o no justificables.

Weber coincidía con Bentham en que el criterio ético fundamental se basa en procurar que exista la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. De entrada, este criterio nos parece de lo más razonable y encomiable, sobre todo si es llevado a la práctica por los dirigentes políticos y empresariales, ya que sus acciones redundarían en el beneficio de la mayor parte de la sociedad, pero en nuestra opinión presenta una gran objeción: la ética de la responsabilidad no tiene que llegar a un punto tan extremo como el que resulta del utilitarismo en términos económicos, es decir, no podemos aplicar los valores económicos con una simplicidad tan elevada a la ética, ya que nos encontraríamos con situaciones extremas del tipo: matar a una persona para salvar la vida de muchos otros o llegar a convertir en desgraciada a una persona para hacer felices a muchos otros.

 

 

 

Esta diferenciación que establece Weber entre los dos tipos de responsabilidades no equivale a decir que ambas dos sean excluyentes o que la persona que obra responsablemente rechace los principios en los que cree, sino que en función del ámbito de actuación de las personas (privado o público) debe predominar una u otra, en función de las consecuencias que se provoquen con los actos que se realizan, ya que hay conductas que nos afectan única y exclusivamente a nosotros mismos y otras que tienen efectos sobre toda la colectividad o una gran parte de ella.

Por ejemplo, la actividad política es una conducta que afecta a la mayoría de los individuos de una sociedad ya que una decisión política, como puede ser una ley, supone una determinación vinculante y obligatoria para todas las personas que forman parte de una sociedad.

Este hecho supone que las personas responsables de tomar las decisiones en una sociedad tienen la obligación de pensar antes que nada en el interés de toda la sociedad y en el impacto de sus decisiones antes que en sus convicciones, creencias o intereses personales ya que no están actuando de manera individual, sino que el peso de sus decisiones va a tener una repercusión para todo un colectivo y no sólo para ellos mismos. En estos casos sus creencias o intereses personales deben quedar relegadas a un segundo plano. En este grupo de personas incluiríamos a los políticos y también, aunque en menor medida a los empresarios, ya que las decisiones de ambos, sobre todo las de los políticos van a tener repercusiones sobre un gran número de personas.

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La moral en los negocios (II).

Tras esta afirmación de Tortosa, llegamos a la conclusión de que en la sociedad actual todas las empresas deberían tener en cuenta el aspecto moral y ético como uno más de sus objetivos y no centrarse solamente en la obtención del beneficio económico como absoluta prioridad, ya que la opinión social es muy importante e influirá en los consumidores de cara a que éstos piensen favorablemente en los productos y/o servicios que aquélla oferte al mercado.

Explicaremos a continuación los motivos que defiende Valle Labrada Rubio por los que una empresa tiene que actuar ética y moralmente en los negocios que lleve a cabo:

 

• Porque esta actuación favorece la gestión del riesgo: ya que previene la aparición de escándalos, protege la responsabilidad legal de dicha empresa ante la conducta de empleados y responde a campañas de grupos de presión o de los medios de comunicación.

• Porque mejora el funcionamiento de la organización: ya que fomenta una conducta organizativa descentralizada y emprendedora en un entorno globalizado con el fin de retener a los mejores empleados.

• Porque mejora el posicionamiento en el mercado: ya que gozará de la confianza de sus clientes, proveedores y de la opinión de la sociedad en general, añadiendo valor diferencial frente a la competencia.

• Porque fomenta la responsabilidad social: ya que tendrá la capacidad de establecer buenas relaciones con el Gobierno, ONGs y comunidades locales, lo que puede convertir su negocio en modelo a imitar por el resto de empresas.

 

Coincidimos con Labrada Rubio en los argumentos anteriores ya que opinamos que la empresa es una comunidad productiva, que ha de integrar no sólo aspectos técnicos, económicos y financieros, sino también y muy importante aspectos sociales, ya que este hecho le servirá para hacer más viable su actividad comercial. Opinamos que el empresario tiene que tener siempre presente que la empresa está para el hombre y no el hombre para la empresa.

 

Como conclusión a todo este capítulo podemos decir que la aplicación de la moral y de la ética a los negocios surge de la evolución del pensamiento humano y la aceptación de que hoy en día todas las personas estamos relacionados e interconectados, razón por la cual no hay ninguna acción ni de tipo social ni de tipo económico que no afecte a todo el colectivo de la sociedad. Por lo tanto, actualmente la actividad empresarial no sólo está encaminada a proporcionar utilidad económica, sino también bienestar social y aportación a la comunidad.

 

La responsabilidad social derivada de la aplicación de la moral y la ética a los negocios no se puede imponer por ley, ya que entonces estaríamos hablando del cumplimiento de una exigencia legislativa, sino que es el empresario el que debe entender y aceptar que es responsabilidad suya la aplicación de estos conceptos, mostrando así una auténtica madurez organizacional que facilitará el desarrollo, crecimiento y bienestar de quienes trabajan en su empresa y de todos aquellos que abarca su entorno inmediato.

La moral en los negocios (I).

 

La moral en los negocios la podemos definir como el conjunto de normas que la organización utiliza para definir lo que constituye un comportamiento bueno y malo por la dirección y los empleados. En el mundo empresarial, tanto los socios, directivos y empleados deben demostrar un compromiso no sólo con ellos mismos, sino también con la propia empresa y con todos sus compañeros.

 

El periodista y político americano Jerry White argumenta en su libro “Honestidad, moralidad y conciencia” que las personas debemos ser justas en todo aquello que hagamos y, más concretamente, en el mundo empresarial recomienda que se debe tener honestidad total hacia el empleado y los clientes. Para ello los accionistas o dueños de la empresa deben efectuarse preguntas del tipo: ¿Ofrecemos realmente al consumidor lo que prometemos en nuestra publicidad? ¿El cliente está pagando de forma justa por la calidad que recibe? ¿Estamos comportándonos bien con el medio ambiente o lo estamos degradando con nuestra actividad empresarial? ¿Realizamos una buena política social con nuestros trabajadores? Los empleados por su parte deben analizar si realmente trabajan el tiempo completo pactado, si su trabajo va en beneficio del conjunto de la empresa o por el contrario si sólo piensan en su propio beneficio personal.

Expondremos a continuación algunos de los principios claves del liderazgo moral en los negocios con la finalidad de explicar cómo deberían actuar los empresarios que quieran lograr con éxito el reconocimiento de la sociedad y de sus propios empleados con respecto a su actividad:

 

1. Hacer más que el mínimo: el requisito mínimo moral para un negocio consiste en cumplir las leyes y las regulaciones que han sido dictadas por el gobierno. Pero aquellas empresas que no se limiten a este cumplimiento, sino que los rebasen, se verán beneficiadas por una mayor fidelización de sus clientes, una menor rotación y absentismo de sus empleados y como consecuencia de lo anterior, obtención de mayores beneficios. Pero ¿Cómo pueden las empresas superar estos límites legales? Por ejemplo, pagando por encima del salario mínimo para aquellos empleados de menor rango laboral, adoptando políticas sociales beneficiosas para sus empleados, mostrando liderazgo ambiental adoptando medidas tales como la reducción del consumo de energía en sus instalaciones, utilizando productos reciclados en los procesos de fabricación, etc.

 

2. Decir la verdad: Los dueños de las empresas tienen la obligación moral de mantener a sus empleados informados continuamente sobre aquellas cuestiones que afecten a su seguridad en el empleo, ya que si éstos se ven de repente afectados por despidos inesperados, además de que puede influir en el clima laboral general de la empresa, los empleados podrán pensar que se les ha ocultado la verdad o lo que es peor que la empresa les ha mentido. También es primordial que el empresario no prometa a los clientes más de lo que la empresa es capaz de ofrecer, porque en el momento que el empresario no pueda cumplir con sus promesas, el cliente no querrá realizar nuevas operaciones con dicha empresa ya que se sentirá engañado.

 

3. Aceptar la culpa y dar crédito: Si en alguna ocasión algún empleado comete un error en su desarrollo laboral con consecuencias negativas para la empresa, ya sea directivo o de rango inferior no puede echar la culpa a otro, en especial a sus subordinados, sino que debe asumir su responsabilidad y enfrentarse a las consecuencias de dicho error. Por el contrario, tampoco ningún empleado puede atribuirse como propios los méritos de las buenas ideas de otros empleados. Si no se corrigen por parte de los responsables estos dos tipos de acciones moralmente inaceptables, la confianza de los empleados se verá mermada y redundará en el beneficio global de la compañía.

 

4. Servir a la Comunidad: Los propietarios de las empresas deberían contemplar sus negocios como una parte integral de la comunidad en la que operan con el fin de conocer las necesidades de los demás y actuar para satisfacer esas necesidades como uno de sus principios morales fundamentales. Cualquier tipo de empresa, independientemente de su tamaño puede participar en su comunidad a través de acciones tales como el patrocinio de eventos, ya sean de carácter deportivo o de caridad; dando productos y servicios a aquellas personas más necesitadas y sin recursos, proporcionando cursos de formación gratuitos, etc.

 

Estos principios nos sirven para apoyar la premisa consistente en que la rentabilidad de la moral en los negocios está fuera de toda duda, para apoyar y dar consistencia a esta hipótesis, nos basaremos en la siguiente afirmación de Emilio Tortosa : “A largo plazo la moral en el mundo de los negocios resulta muy rentable”.

Tortosa se basa en que una empresa que cumpla con principios morales no tiene por qué dejar de ser competitiva; es más, sostiene que a largo plazo lo será más que otra que sólo se preocupe por los costes, la eficiencia, la gestión o la reingeniería de procesos porque una compañía que cumple con principios morales compite como todas las demás, pero tiene un valor añadido consistente en que gozará de un grado de confianza y de imagen ante los clientes y el resto de la sociedad que aquélla que haga caso omiso de los principios morales. Así, afirma :

 

La empresa se ha dado cuenta de que la moral y la ética son dos ventajas competitivas, porque significa que, además de excelentes productos y servicios, tiene principios y sigue un trabajo de creatividad e innovación social puro y duro”.

 

 

Dignidad (II).

 

Resulta imprescindible hacer alusión a un autor fundamental del que se deriva el actual concepto de dignidad humana. Se trata del filósofo alemán Kant. En sus obras “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” y “Principios metafísicos del Derecho” usa como base de la dignidad de la persona humana el siguiente argumento:

 

Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, cuando se trata de seres irracionales, un valor puramente relativo, como medios, y por eso se les llama cosas; en cambio, los seres irracionales se llaman personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado como medio y, por tanto limita, en este sentido todo capricho y es objeto de respeto”.

 

Para Kant, la dignidad significa que la persona humana no tiene precio, sino dignidad, así, afirma: “Aquello que constituye la condición para que algo sea un fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor intrínseco, esto es, dignidad”.

 

Observamos en la obra de Kant una pregunta recurrente respecto a ¿qué es el hombre? En su opinión, el ser humano es el “fin final” de la creación, cuya existencia tiene en sí el más alto fin. El ser humano es el “fin en sí mismo”, el “fin objetivo” y el “fin independiente”. Con estas definiciones de fin en sí mismo, fin objetivo y fin independiente, Kant quiere dar a entender que la representación del ser humano es fruto de una necesidad moral, la de que el ser humano solo puede pensarse como un fin en sí mismo y no de otra manera. Este punto de vista del ser humano según lo concibe Kant es fundamental para entender la dignidad humana.

Kant formula un imperativo práctico: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca como un medio”.

Con este imperativo, Kant quiere explicar que existe el deber como una facultad que posee la razón y que va encaminada a la acción, según Kant, el deber existe en sí mismo como imperativo categórico y obliga de forma incondicional y absoluta, así, afirma : “obra de tal manera que puedas querer que la norma de tu conducta sea erigida en norma de conducta universal”.

 

Es decir, en opinión de Kant y según nuestra interpretación, todos los hombres tenemos un derecho fundamental consistente en respetar y ser respetados por nuestros semejantes, ninguno de los hombres podemos utilizar a otro como un medio sino que siempre tenemos que tener presente la idea de que somos un fin, no un medio, ni para nosotros mismos ni para el resto de la humanidad. Así como el resto de los seres vivos y las cosas sí pueden ser utilizados como meros medios, el hombre se distingue esencialmente en esa no utilización como medio y ahí reside su dignidad, en su utilización como un fin y por consiguiente en no poder atentar contra la autoestima y el respeto del resto de los hombres y en reconocer la dignidad de la humanidad en todos los demás hombres.

 

Como conclusión al estudio realizado sobre las distintas visiones de la dignidad humana, podemos extraer una serie de conclusiones:

 

La dignidad es una condición inherente a la persona, va unida intrínsecamente a la naturaleza de ser persona y nadie nos puede privar de ella. Por eso podemos afirmar que tan digno es un rey como un mendigo, ya que el mero hecho de ser personas les confiere la naturaleza de la dignidad.

 

Es necesario establecer una clara diferencia entre la dignidad ontológica y la dignidad ética o moral para no sacar conclusiones erróneas. La dignidad ontológica es aquella que hace referencia al propio ser, es decir, la dignidad de una persona humana, desde el punto de vista de la ontología estriba en su ser y no en sus acciones u obras. Podemos actuar de forma indigna, pero aun y todo, tenemos una dignidad ontológica que permanece por el simple hecho de ser personas. Mientras que la dignidad ética o moral se refiere a la naturaleza de los actos que llevamos a cabo. Existen actos que dignifican al ser humano mientras que hay otros que lo convierten en un ser indigno. Ambos tipos de dignidad no deben de confundirse, hay personas que además de la dignidad ontológica, se hacen merecedores de una dignidad moral por el tipo de acciones que desarrollan, mientras que hay personas que son indignos desde un punto de vista moral por su manera de actuar. Pero es importante tener en cuenta que ambos poseen la dignidad ontológica por el simple hecho de ser personas. Por este motivo podemos afirmar que la dignidad no es algo que se adquiere o se pierde, la dignidad ontológica es y será siempre inherente al ser humano.

 

La dignidad ontológica es un valor intrínseco y supremo que posee toda persona y que le viene dada por su propia naturaleza, es independiente de toda creencia religiosa, ideología, raza o sexo. Nadie puede arrebatarle ese valor porque para poder quitarnos la dignidad tendrían que acabar con nuestra vida.

 

 

Dignidad (I). Valor en sí mismo.

 

La definición del concepto “dignidad humana” no es fácil ya que desde la antigüedad hasta nuestros días ha sufrido modificaciones dignas de tenerse en cuenta. Así, observamos que hasta la edad moderna el valor de una persona estribaba en su origen, posición social u otros cargos políticos, es decir, los individuos nacían con dignidades distintas y desiguales .

 

Durante la época pre-moderna se consideraba que la dignidad humana provenía de la relación que unía al hombre con Dios y le confería a la persona una excelencia por ser creado a imagen y semejanza de Dios. Así, el hombre era superior al resto de los animales porque Dios le había concedido las capacidades para ser predominante sobre el resto de criaturas. Observamos pues, que en esta etapa el concepto de dignidad humana era un concepto religioso fomentado en gran medida por la religión judeo-cristiana.

 

En la época moderna, el concepto de dignidad sufrió un cambio importante ya que se postula que la dignidad del hombre derivaba de su naturaleza humana, pero esta naturaleza se va desvinculando cada vez con más fuerza de cualquier origen divino.

Al igual que en la época pre-moderna, se siguen alabando las capacidades humanas, resaltándolas sobre las de cualquier otra especie, pero ahora no se alude a ningún tipo de relación entre ellas y la religión.

 

Esta reformulación del concepto de dignidad quedará plasmada en la aparición de los derechos humanos en el campo jurídico. Desde este momento, la dignidad humana no sólo tiene un alcance vertical consistente en la superioridad de los seres humanos sobre los animales, sino también un alcance horizontal consistente en la igualdad entre los seres humanos sea cual sea el rango que cada uno pueda desempeñar en la sociedad. Es decir, la dignidad pretende generar una igualdad jurídica y política de los individuos a pesar de sus posiciones sociales y desigualdades naturales.

 

Como podemos observar, tanto en la época pre-moderna como en la moderna, el concepto de dignidad humana se basó en definir al ser humano como un ser superior y excelente, bien por ser una criatura cuyas cualidades le relacionan con Dios (época pre-moderna) o por desvincularse del resto de los animales en base a su libertad y autonomía (época moderna).

 

Definiremos pues el concepto de dignidad humana en la época moderna como “el derecho que tiene cada ser humano de ser respetado y valorado como ser individual y social, con sus características y condiciones particulares, por el solo hecho de ser persona” .

 

A través de este moderno concepto de dignidad humana, observamos que la excelencia o dignidad del hombre es de cada uno no por su pertenencia a una élite, sino simplemente a la especie humana y que además, y a diferencia de épocas anteriores, no se le exige que demuestre su dignidad a través del valor o del honor con el fin de que los demás reconozcan dicho valor.

 

Con el fin de preservar este derecho, en 1948 se dictó la Declaración Universal de los Derechos Humanos que declaraba a todos los seres humanos como iguales y libres en sus derechos y en su dignidad.

 

La dignidad es un valor singular que nos viene dado desde nuestro nacimiento, anterior a nuestra voluntad y que no podemos otorgar ni retirar a alguien. Este valor representa una apelación al respeto absoluto y sin condiciones que debe extenderse a todos los seres humanos. Por el mero hecho de ser humanos somos dignos y merecedores de respeto.

 

La dignidad humana supone otorgar al hombre un valor “en sí” que tendrá consecuencias en los comportamientos que se den entre los seres humanos, ya que los individuos deberían tratarse con respecto, es decir, reconociendo la indemnidad de la persona del otro en todo lo que concierne a su existencia exterior en el mundo visible (vida, integridad física, salubridad) y en su existencia como persona (libertad, prestigio personal).

Dos visiones diferentes respecto al altruismo del empresario

Podemos considerar que existen dos visiones antagónicas con respecto a la consideración de si el empresario debe ser altruista o no.

La primera de las vertientes sostiene que la empresa hoy en día no es un ente independiente de la sociedad, sino que las acciones que lleva a cabo la empresa por decisión del empresario tienen repercusión en el seno de dicha sociedad, en ámbitos tales como el medio ambiente, la integridad (el hecho de no caer en la corrupción) e incluso el aumento de la pobreza o riqueza (en función de los sueldos pagados a los trabajadores, si se les congelan, si se les aumentan, etc.). Por este motivo, la empresa tiene que hacer lo posible por incorporar de manera gradual el espíritu del empresario social de manera que éste no se preocupe en exclusiva por la obtención del máximo beneficio económico de su empresa, sino también por aquel otro tipo de beneficio social que repercute en el conjunto entero de la sociedad.

Es difícil que el empresario piense como individuo y como empresario al mismo tiempo, es decir, como empresario sus pensamientos irán dirigidos a la obtención de la mayor rentabilidad económica en su empresa y como persona tendrá en cuenta responsabilidades añadidas que no tendrán como prioridad ese beneficio económico. Pero la posición ideal sería aquella en la que se pudieran conjugar las dos vertientes, la de empresario y la de persona, de manera que la empatía personal se trasladara a la vertiente empresarial y le permitiera ejercer su visión altruista desde su posición privilegiada de empresario, ejerciendo acciones de RSC que fueran encaminadas al beneficio de la sociedad. Todos sabemos que han existido y existen malas praxis empresariales que han provocado situaciones nefastas para el conjunto de la sociedad y de lo que se trata es de que desde esa posición privilegiada del empresario se intenten evitar.

La otra vertiente opuesta a esta primera es la que defiende que el empresario no tiene que ocuparse de fines altruistas, sino que su función es la de intentar obtener el máximo beneficio empresarial y que la acción filantrópica se debe ejercer por otras vías que no sean las de la empresa ni las del empresario. El capitalismo bien entendido es la mejor forma de que un empresario contribuya a generar riqueza para una sociedad ya que es él el que arriesga su patrimonio, su tiempo y su dedicación para contribuir a crear una empresa que proporcione puestos de trabajo, recaudación en forma de tributos para el Estado que al final repercutirán en el beneficio de todos los ciudadanos y por supuesto beneficios económicos para él y los accionistas.

Como conclusión, podemos afirmar que las dos versiones son aceptables y que en los dos casos si la ética personal e individual del empresario es la adecuada puede conducir a beneficios no sólo económicos sino también sociales para el conjunto de la sociedad.

altruismo

Fuentes consultadas

El altruismo de la empresa. Cuaderno 10.

Disponible en http://www.unav.edu/centro/empresayhumanismo/cuadernos–del-1-al-20

Responsabilidad Social Corporativa. Beneficios y esfuerzos.

La responsabilidad social corporativa (RSC), también llamada responsabilidad social empresarial (RSE), se define como la contribución activa y voluntaria al mejoramiento social, económico y ambiental por parte de las empresas, generalmente con el objetivo de mejorar su situación competitiva, valorativa y su valor añadido1.

De esta definición destacaremos varios conceptos importantes:

  • Contribución activa y voluntaria: las empresas no están obligadas por ley a realizar este tipo de actividades, sino que las ejercitan porque ellas lo deciden.

  • Mejoramiento social, económico y ambiental. Las áreas en las que pueden ejercer la responsabilidad social corporativa son estas tres: en el ámbito social intentando reducir las desigualdades sociales, en el ámbito económico creando riqueza de la manera más eficaz posible y en el ámbito ambiental intentado reducir los daños medioambientales lo más eficientemente que puedan a través de sus sistemas de producción.

  • Mejorar su situación competitiva, valorativa y su valor añadido: el objetivo de la responsabilidad social corporativa no se basa en obtener beneficios económicos a corto plazo, sino en mejorar su reputación ante clientes, proveedores y el resto de la sociedad.

El ejercicio de la responsabilidad social corporativa por parte de las empresas lleva implícito el cumplimiento de las leyes y las normas por parte de las mismas, es decir, se da por descontado que dichas empresas cumplen con la legislación vigente en todo momento, ya que sería un absurdo que cualquier empresa adujera actividades de RSC si no cumpliese con la normativa legal vigente en todo momento. Los antecedentes de la RSC hay que buscarlos en el s.XIX en el marco del Cooperativismo y el Asociacionismo.

foto.rsc

BENEFICIOS DE LA RSC

Los principales beneficios que obtienen las empresas que aplican como estrategia de gestión la RSC son los siguientes:

  •  generación de simpatía y cohesión para la empresa por parte de la sociedad;
  • accesibilidad para las personas;
  • más reconocimiento por parte de su entorno profesional (clientes, proveedores, stakeholders, accionistas…), ya que los clientes valoran el saber cómo se fabrican los productos que compran, así como que los compran a un precio justo y no están pagando cantidades desorbitadas que suponen beneficios desmesurados para la empresa;
  • mejor imagen de marca y reputación;
  • aumento en la productividad del trabajador ya que el ejercicio de la RSC supone que los trabajadores obtienen salarios más competitivos y otro tipo de beneficios sociales (planes de jubilación, obtención de becas para estudios, préstamos, etc.) que hacen que se sientan contentos de trabajar en esa empresa y, por consiguiente la sientan como suya y les interesa que funcione bien para seguir conservando su trabajo y obtener el tipo de beneficios antes mencionados.

Todos estos beneficios se pueden englobar en dos más generales e importantes, como son:

1) contar con un factor de innovación frente a aquellas que no la ejercen, ya que están más preparadas para anticipar el futuro y ejercer la capacidad de respuesta necesaria;

2) adquisición de legitimidad social, ya que los consumidores perciben a estas empresas como éticamente responsables. Característica esencial para aquellas empresas que quiera tener seguimiento o continuidad en el futuro.

ESFUERZOS DE LA RSC

La RSC tiene un costo, pero sólo a corto plazo, ya que a largo plazo los beneficios que proporciona la implantación de esta estrategia contrarrestan o anulan en gran parte a los costes. Además, es preciso constatar que si una empresa desde su fundación, aplica esta estrategia, el costo será nulo. El tipo de costo más problemático estriba en la opinión de los accionistas, ya que éstos pueden pensar que sus expectativas financieras en cuanto a retribución por las acciones que poseen pueden verse mermadas y optar por retirar su capital e invertir en otras empresas que no apliquen este tipo de estrategia.